La convocatoria a los soldados
por la Gran Guerra fue furor en Alemania. Los primeros años de la misma se
percibieron con júbilo y entusiasmo. Además todos los soldados estaban muy
orgullosos de representar a su país. Así también como sus familias, con
excepción de algunas, por ejemplo, la familia Heldmann. La misma, estaba
conformada por la madre, la señora Anna Wilder y sus tres hijos: Jannik,
Johannes y Melf Heldmann. El señor Heldmann había fallecido a causa de una
enfermedad terminal. Por lo tanto, Anna, si bien estaba orgullosa de que sus
hijos participaran en la guerra, no podía imaginarse su vida tras la perdida de
alguno de sus hijos, pero aún existía la posibilidad de no tener que enfrentarse
con ese temor, si la famosa carta no llegaba…
El día finalmente llegó. Llamó
a la puerta de la familia Heldmann, el jefe del reclutamiento de los militares.
La misma citaba lo siguiente:
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La señora Anna Wilder rompió en llanto, y
no quiso informar a sus hijos la llegada de la tan esperada carta por ellos.
Anna, ya entrando la década de los 60, no contaba con una muy buena salud. Tras
unas horas de leer la carta del reclutamiento militar de guerra, comenzó a
sentirse extraña, débil y además tenía dolores en todo el cuerpo. Esto
desencadenó un preinfarto. Al enterarse sus hijos de esto, inmediatamente
llamaron a un médico y los tres acompañaron a su madre para escuchar el
diagnóstico del profesional.
- Lamento informarles que su
madre cuenta con un estado delicado y que esto, probablemente, haya sido
consecuencia de un disgusto muy grande. Cuiden mucho de ella y yo les aconsejo
que deberían dedicarle el mayor tiempo posible, por si acaso. “Es mejor
prevenir que curar” dice una frase, no? –ésas fueron las palabras del doctor
hacia los hijos de la señora
Los jóvenes se asustaron mucho tras el
diagnóstico del doctor y acordaron conversar con su madre y turnarse para que
alguien la acompañe a ella en todo momento y que nunca quede sola.
Habían pasado ya tres semanas desde el
debilitamiento de la señora Wilder y las cosas empeoraban, aparecieron más
problemas que los de antes. Probablemente había comenzado a experimentar el
sentimiento de la culpa, debido a que no les había comunicado a sus hijos la
llegada de la carta a la guerra de Verdún. A medida que corrían los días, le
era cada vez más difícil sostener esa situación. Su culpa llegó a tal punto, de
derivar en un infarto, que esta vez sí fue determinante. Un poco antes de
fallecer, logró reunir a sus tres hijos y dejarles sus últimas palabras…
-Hijos míos, yo creo que mi
hora ha llegado. Quiero confesarles algo, que no me gustaría irme sin que lo
sepan. Hace tres semanas que les oculté una noticia muy importante para
ustedes. El 1° de enero llegó la carta del reclutamiento militar para la Gran
Guerra. Yo era conciente de lo mucho que significaba para ustedes, pero no pude
contenerme y la oculté, no podía imaginarme la idea de no vivir más con
ustedes. Pero la vida, me está haciendo pagar las consecuencias. Creo que ya
era hora de que se enteren. Lamento profundamente mi acto tan egoísta y espero
sepan perdonarme. Lo único que quiero pedirles es lo siguiente: manténganse
unidos durante la batalla el mayor tiempo posible, luchen por la patria y si
llegan a morir en honor a Alemania, yo voy a estar muy orgullosa desde el
cielo. Por favor, cuando la misma termine, búsquense el uno al otro, para
reencontrarse. No me cabe ninguna duda de que ustedes son unos jóvenes con
mucho valor y coraje; y que por eso, probablemente salgan invictos. Y yo por mi
parte, donde quiera que esté, voy a tratar de guiarlos en su camino, junto a su
padre. Me alegra saber que voy a verlo después de tanto tiempo. Nosotros
juntos, con la fuerza del amor que nos unirá por siempre, haremos nuestro mayor
intento para lograr el reencuentro de ustedes tres, hijos míos o mejor dicho,
nuestros. No tengo más que decirles, gracias por haber cuidado de mi siempre y
ser esos hijos que siempre soñé. Hasta siempre”.
Tras decir esta última frase, los cuatro
juntaron sus manos haciendo la promesa de reencontrarse. Anna Wilder cerró sus
ojos y descansó en paz.
Una lágrima tras otra, caían por
los rostros de los hermanos Heldmann. Se abrazaron y acordaron que irían a la
batalla de Verdún, saldrían invictos y se reencontrarían los tres de nuevo, por
la memoria de su madre.
Así fue, el 21 de febrero
partieron los tres hermanos hacia la batalla. La misma era en el nordeste de
Francia y sus rivales eran, claramente, los franceses. Ésta fue la batalla más
larga y una de las más sangrientas de la primera guerra mundial. Tras varias
ofensivas y contraofensivas, los
alemanes perdieron el control de la batalla, y terminaron empeñando muchas
cantidades de tropas en costosos ataques. Aunque hubo más bajas francesas que alemanas,
Verdún se convirtió pronto en un episodio heroíco de la resistencia francesa.
Pasados ya 3 meses de la batalla, los
hermanos Heldmann se encontraban todos en distintos lugares.
Jannik Heldmann conoció a una bella muchacha
francesa luego de la guerra. Sabía que no era éticamente correcto enamorarse de
una mujer del lado del enemigo pero el amor es más fuerte que cualquier cosa. Y
ellos dos estaban realmente enamorados, creían que eran el uno para el otro.
Pero había un solo y gran inconveniente. Los padres de la joven, no estaban de
acuerdo con la relación. Por eso, decidieron fugarse a Alemania. Jannik no
olvidaba la promesa que le había hecho a su madre.
Johannes Heldmann, fue de los tres hermanos,
el que más herido resultó. La mayoría de las bajas fueron por fuego de
artillería y Johannes estuvo muy cerca de esto. Además perdió una pierna, y
tenía el brazo quebrado. Fue un milagro el hecho de que no haya sido una de las
tantas bajas en Verdún. Claramente, en esta historia colaboraron mucho Anna
Wilder y su padre, David Heldmann. Johannes se estaba hospedando en un hospital
alemán, acompañado de uno de sus mejores amigos de la infancia, al cual le
había recordado la promesa que bajo ningún punto de vista podía no cumplirla.
Por último, Melf Heldmann, el hermano menor y
el más temeroso de los tres, fue uno de los elegidos para quedar vigilando en
una trinchera que ninguno de los soldados vuelva de regreso. Si esto era hecho,
él debía matarlo. Dado a que la valentía no era al que más lo caracterizaba,
aceptó esta condición, pero en cuanto nadie lo vio, pudo retroceder unos
cuantos pasos cuerpo a tierra y se hizo pasar por un francés. Recorriendo las
calles de Francia se encontró con un niño de unos seis años llorando en el
medio de la calle. Lo alzó y le preguntó qué sucedía con él y el niño entre
lágrimas le explicó que su padre había ido a la guerra y su madre, debido a
eso, se había suicidado. Melf automáticamente se encariñó con él y decidió
buscar la manera de llevarlo de regreso con él a Alemania. Nunca dejó de tener
en la cabeza, la idea del reencuentro con sus otros dos hermanos.
Los tres hermanos Heldmann, por más distintas
experiencias que habían vivido, siempre tuvieron presente la idea de
reencontrarse entre ellos para cumplir con la memoria de su tan amada madre y
para orgullecer a ella y a su padre. Jannik regresó a Alemania con su novia y
futura esposa francesa. Johannes, mejoraba día a día en el hospital, todas las
heridas que había sufrido en la batalla. Luego de seis meses de la misma, logró
salir, milagrosamente en silla de rueda. Y por último, Melf, junto al niño de
seis años también fueron de regreso a Alemania. Cuando los tres regresaron a
Alemania, esa Alemania no era la misma que ellos habían abandonado tras la
guerra. Debido a la excesiva cantidad de bajas y después de tanto sufrimiento,
poco a poco el entusiasmo por la guerra empezó a disminuir. Jannik, Johannes y
Melf, diaria e insistentemente regresaban a la casa de su madre; hasta que
finalmente un día, lograron reencontrarse y así, cumplir con la memoria de la
señora Anna Wilder.









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